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Tiempo de lectura 4 min.

17 de agosto de 2011. 00:20h

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17/8/2011

Existe, con frecuencia, una cierta confusión entre neutralidad y laicidad, y un Estado no confesional, neutral, y un Estado de confesión laicista, expresa o tácita, pero real, o entre «libre pensamiento» y secularidad, o que se contrapongan fe y razón, religiosidad y ciencia, como si la fe y la religiosidad fueran algo superado, que queda para la individualidad y la privacidad, que no es universalizable para la organización social y para el progreso y que, por supuesto, debe dejar todo el espacio a la razón humana abandonada a sí misma o a la ciencia y sus avances. Es necesario atreverse a decir, como están haciendo los últimos papas –pensemos, por ejemplo, en la entrevista hecha al papa Benedicto XVI por la TV alemana antes del viaje a su Baviera natal y durante toda aquella visita, o en su discurso a la Asamblea de la Iglesia en Italia, en Verona– que la afirmación de Dios conduce a la afirmación del hombre, que es raíz y fundamento de la dignidad e inviolabilidad de todo ser humano y lleva consiguientemente a la paz y a la cohesión de la sociedad, basadas siempre en el respeto y promoción de la dignidad de todo hombre.
El silenciamiento de Dios o el abandono de Dios, su confinamiento o reducción a la esfera de lo privado, elementos de una sociedad secularizada como la nuestra de Europa, es con mucho el acontecimiento fundamental de estos tiempos de indigencia en Occidente. No hay otro que pueda comparársele en radicalidad. Ni siquiera la pérdida del sentido moral, que no es ajena a esta cultura secularizada y laicista. El hombre puede excluir a Dios del ámbito de su vida personal y social o pública. Pero esto no ocurre sin gravísimas consecuencias para el hombre mismo y para su dignidad como persona, para la asunción de aquellos valores que son base y fundamento de la convivencia humana, para todas las esferas de la vida.
Afirmar a Dios es afirmar al hombre. Me remito, con toda sencillez, a la persona de Jesucristo, acontecimiento real de nuestra historia: toda su existencia, todo su ser, todo su obrar, es una manifestación de Dios, nos remite a Dios; y todo Él es el «sí» más pleno e incondicional de Dios al hombre; todo Él nos ha revelado que Dios es amor, su rostro es el de Dios que ama al hombre hasta el extremo y sin condiciones, lo apuesta todo por el hombre. A partir de Jesucristo, Dios sólo puede ser afirmado afirmando al hombre; nunca al margen o a costa del hombre; y el hombre no puede ser afirmado o reconocido plenamente al margen, y, menos aún, en contra de Dios.
La fe en Dios, en el centro de la creación, de la existencia humana y de la historia, no es una merma del ser del hombre, sino que lo conduce a lo más alto de la condición humana y reclama el desarrollo de la razón. No puede extrañarnos, por el contrario, que un mundo secularizado, más propenso al olvido de Dios que a su reconocimiento, sea más proclive al pragmatismo que a la esperanza, al egoísmo que al amor, al cálculo que a la generosidad. Como tampoco puede extrañarnos que una cultura del silenciamiento de Dios, una cultura de la secularización, esté muy unida a una cultura de la insolidaridad, aunque hable incluso y mucho de fraternidad: como es sabido, en virtud del dogma de la Ilustración, en el que se ha basado esta cultura de la secularización y laicista, para lograr la igualdad y la fraternidad universal no se renunciaba a dejar el camino de la sangre que fuese necesario, reclamada por el conflicto entre los revolucionarios, partidarios de la «fraternidad ilustrada». La pérdida de las raíces de la auténtica y universal fraternidad –Dios Padre y Creador, el hombre amado y querido por Dios, Creador y hecho hombre– va pareja a la pérdida o preterición de la revelación del Dios cristiano. Para mostrar la verdad de la posibilidad de la fraternidad no se puede rehuir formular los problemas de la modernidad sin perder de vista las propuestas de la razón ilustrada –la razón autolimitada por esta razón ilustrada con su germen secularizador– que se ha ido distanciando de la fe cristiana, arrinconando sus raíces y dando un nuevo significado a un lenguaje que encerraba otros mensajes antropológicos; no se puede renunciar a la respuesta que sólo puede ser ofrecida desde la fe, que enriquece la razón, mientras que la razón, abandonada a sí misma y autolimitada por la razón misma ilustrada, se empobrece a sí misma y deja de ser conductora de una sociedad con futuro.
A partir de la fe en Dios, con rostro de hombre, no debería caber la intransigencia ni la autosuficiencia, ni la prepotencia que conduce a la exclusión y al desprecio de los demás; sino únicamente el inclinarse ante todo hombre y elevarlo a su dignidad más alta, encontrarse con todos con el amor verdadero, fraterno y amigo. Ésta es la gozosa esperanza con que la Iglesia, animada por la fe, mira el destino de la humanidad. Nada hay genuinamente humano que no le afecte. La fe, de suyo, rechaza la intolerancia y obliga a un diálogo respetuoso, a no excluir a nadie, a ser universalistas, a buscar la unidad, a trabajar por la paz basada en la justicia, en el real reconocimiento de la dignidad inviolable de todo ser humano y en el respeto inconmovible a todos sus derechos fundamentales e inalienables, y la promoción de todas las libertades, empezando por la libertad religiosa y de conciencia.
 

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